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La historia del periodismo televisivo en España no puede explicarse sin detenerse en la figura de Jesús Hermida. No porque fuera el único ni porque todo comenzara con él, sino porque su trayectoria coincide con un momento clave en el que la televisión dejó de limitarse a reproducir esquemas heredados de la radio y empezó a construir un lenguaje propio. Analizar su trabajo es, en realidad, analizar un cambio de época.

Cuando Hermida llegó a Televisión Española a finales de los años sesenta, la televisión era todavía un medio joven, rígido y profundamente condicionado por la censura y por rutinas informativas muy jerarquizadas. El informador aparecía ante la cámara como un lector de textos: la noticia se decía, no se contaba. La imagen acompañaba, pero no estructuraba el relato.

Ese modelo empezó a resquebrajarse a partir de 1968, cuando Jesús Hermida fue nombrado corresponsal de TVE en Nueva York, una de las plazas informativas más relevantes del mundo en aquel momento. Estados Unidos vivía años de convulsión política, social y cultural: la guerra de Vietnam, el movimiento por los derechos civiles, los asesinatos de Martin Luther King y Robert Kennedy, la llegada del hombre a la Luna. La televisión estadounidense ya había entendido que el medio exigía un modo distinto de narrar la realidad.

Desde allí, Hermida comenzó a enviar crónicas que se alejaban del tono monocorde habitual en la televisión española. Sus piezas incorporaban contexto, ritmo, presencia del periodista y una relación más directa con el espectador. No se trataba solo de explicar qué había pasado, sino de situar al espectador dentro del acontecimiento. La cámara, el gesto, el entorno y la voz formaban parte del mensaje.

RTVE ha documentado en múltiples ocasiones cómo esa etapa marcó un antes y un después en la forma de informar en televisión. En programas de archivo y piezas conmemorativas, la corporación ha subrayado que Hermida introdujo una narrativa más cercana al reportaje televisivo moderno, influida por el modelo anglosajón, pero adaptada a las condiciones españolas de la época.

Un estilo que modificó rutinas

El impacto de Jesús Hermida no se limitó al plano estético. Su manera de trabajar contribuyó a modificar las rutinas profesionales en las redacciones. El periodista dejó de ser un intermediario invisible para convertirse en un mediador reconocible. Aparecía en pantalla, contextualizaba, interpretaba y daba claves al espectador.

La entrevista televisiva, por ejemplo, adquirió un peso central. No como simple sucesión de preguntas y respuestas, sino como herramienta para explicar la actualidad a través de la voz de los protagonistas. Esta concepción influyó decisivamente en generaciones posteriores de periodistas, muchos de los cuales comenzaron su carrera profesional bajo la tutela directa o indirecta de Hermida.

A su regreso a España, ya en los años ochenta, Hermida desempeñó un papel destacado en programas informativos y magazines que consolidaron un nuevo tono televisivo: más cercano, más narrativo y menos solemne. El periodismo televisivo se abrió a formatos híbridos que combinaban información, análisis y divulgación, sin renunciar al rigor.

Numerosos profesionales —algunos de ellos referentes indiscutibles del periodismo audiovisual español— han reconocido públicamente la influencia de Hermida en su formación. No tanto por una escuela cerrada, sino por una forma de entender la televisión como un medio que exige contar, no solo transmitir

Analizar la figura de Jesús Hermida exige, sin embargo, situarla en su contexto. Su trabajo se desarrolló en una televisión pública sometida a fuertes condicionantes políticos, especialmente durante el final del franquismo. La innovación narrativa convivía con restricciones informativas y con una concepción del medio aún muy controlada.

Por eso, los estudios y análisis más rigurosos sobre su figura evitan la idealización. Hermida no “inventó” el periodismo televisivo, pero sí contribuyó de manera decisiva a su modernización progresiva, en un momento en el que la televisión española empezaba a abrirse a nuevas formas de contar la realidad.

Su aportación debe entenderse como parte de un proceso más amplio, ligado a los cambios tecnológicos, sociales y políticos que atravesó España entre finales de los sesenta y la consolidación democrática. La televisión evolucionó, y Hermida fue uno de los nombres propios que mejor encarnó esa transición.

Su legado y memoria periodística

La figura de Jesús Hermida ha sido objeto de análisis, homenajes y revisiones críticas tras su fallecimiento en 2015. Medios como El País, RTVE y diversas publicaciones especializadas han destacado su papel como referente del periodismo televisivo, subrayando tanto su influencia como sus contradicciones.

El Centro de la Comunicación Jesús Hermida, en Huelva, es una muestra de ese reconocimiento institucional y cultural. Desde allí se promueven actividades, exposiciones y debates sobre la historia de los medios y del periodismo, reforzando la idea de que el legado de Hermida no se reduce a una biografía individual, sino que forma parte de una memoria colectiva del oficio.

Revisar hoy su trayectoria permite comprender mejor cómo la televisión española aprendió a contar el mundo en imágenes, a dotar de sentido al relato audiovisual y a construir una relación más directa con la audiencia. En un momento en el que el consumo audiovisual vuelve a transformarse, esa reflexión histórica resulta especialmente pertinente.

Jesús Hermida no fue solo un periodista influyente. Fue el rostro visible de un cambio más profundo: el paso de una televisión que leía la realidad a otra que empezó, por fin, a narrarla.

Manuel de Burgos

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