La Aldea amaneció este Lunes de Pentecostés bajo una luz que parecía distinta a la de cualquier otro día del año. A las siete de la mañana, los primeros rayos de sol incidían sobre las fachadas mientras la Virgen del Rocío seguía avanzando entre una multitud que llevaba horas acompañándola. El día nacía oficialmente, aunque para miles de personas la noche había desaparecido mucho antes.

El discurrir de la Virgen comenzó a las 3:04 de la madrugada. Apenas unos segundos bastaron para romper la espera acumulada durante un año entero. A partir de ahí comenzó otra historia, la de una marea humana que empezó a moverse al compás de un mismo destino.
La Virgen salió al encuentro de su pueblo mientras los vivas se abrían paso entre las gargantas y los brazos buscaban elevarse. Entre la multitud destacaban pequeños rostros sorprendidos. Padres y madres alzaban a sus hijos para acercarlos hasta Ella, intentando regalarles una imagen que probablemente entenderán con el paso de los años.

Foto Hdad. Matriz
El recorrido fue avanzando entre los 127 simpecados de las hermandades filiales, que aguardaban uno a uno la llegada de la Blanca Paloma. Cada encuentro llevaba consigo una historia distinta; kilómetros recorridos, promesas cumplidas, ausencias y nombres propios que volvían a reunirse un año más en torno a una misma devoción.
Uno de los momentos más sobrecogedores volvió a producirse frente a la Casa de las Camaristas. La camarista subió al paso y la salve comenzó a elevarse lentamente entre miles de personas. Resultaba difícil distinguir dónde terminaba el canto y dónde comenzaba la emoción de quienes acompañaban la estampa mariana.

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Poco antes de las ocho de la mañana la Virgen alcanzó la Casa Hermandad de Huelva y el recibimiento fue, como solo Huelva sabe hacerlo. Una lluvia de pétalos dibujó un techo improvisado sobre el paso mientras las miradas eran incapaces de apartarse de Ella.

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Cuando faltaban alrededor de veinte minutos para las nueve, la Plaza de Doñana desbordaba. Convertida en el corazón de la Aldea, miles y miles de personas se reunían en torno a la Virgen mientras los simpecados continuaban presentándose. El sol ya empezaba a ganar altura y la temperatura también hacía notar su presencia, aunque pocos parecían detenerse a pensar en ello.
A las 9:15 de la mañana la procesión ya superaba las seis horas de recorrido. La imagen desde cualquier punto elevado dejaba una de esas estampas difíciles de olvidar: una multitud extendiéndose hasta donde alcanzaba la vista.

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Durante estos días, la Aldea deja de responder a sus dimensiones habituales y se transforma por completo. Su población se multiplica hasta convertirse temporalmente en el cuarto núcleo humano más poblado de España. Las calles cambian su ritmo y su apariencia; lo cotidiano desaparece para dejar paso a una ciudad levantada alrededor de una misma dirección.
La Blanca Paloma también se presentó ante la Concha Peregrina de la Hermandad de Emigrantes, mientras miles de manos se unían en los varales. Manos distintas, llegadas desde lugares diferentes. Unidas todas.
El calor comenzaba a endurecer la mañana, pero desde horas antes muchos habían tomado ya el camino hacia las inmediaciones del Santuario. Nadie quería perder detalle de la recogida. Nadie parecía preocupado por saber exactamente cuánto faltaba.
Pasadas las once y media de la mañana, la Virgen puso rumbo a la calle Moguer para iniciar el regreso hacia su templo. La Hermandad de Moguer la despidió entre pétalos y vivas en los últimos compases de un recorrido que comenzaba a anunciar el final. Los teléfonos móviles se elevaban intentando atrapar el instante. Miles de personas buscaban conservar una imagen que, en realidad, siempre termina escapando un poco de la pantalla y quedándose en otro lugar.
Justo antes de entrar, los vivas adquirieron otro significado, parecían convertirse en una manera de resistirse a la despedida, en la necesidad de prolongar unos minutos más aquello que nadie quiere dejar marchar.
A las 12:55 del mediodía, la Virgen del Rocío cruzó finalmente el dintel del Santuario mientras la emoción volvía a abrirse paso entre la multitud. Los rocieros parecían mirar esos últimos metros con la misma sensación con la que se observa cómo se cierra una puerta que uno no quiere ver cerrarse todavía. Concluía así una jornada construida con plegarias, lágrimas, encuentros y ausencias. También con recuerdos para aquellos rocieros que ya no están físicamente, pero que siguen haciendo el camino en la memoria de quienes vuelven a la Aldea cada año.

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Desde las televisiones del Grupo Azahara hemos querido acompañarles durante cada instante de esta romería, compartiendo la emoción de cada encuentro y acercando la vida que se abre paso entre la arena y la fe.
Ahora tocará volver a esperar.
Porque el Rocío tiene esa extraña forma de despedirse. Termina mientras empieza a despertar, otra vez, el deseo de regresar.









